Ir a destinos distantes o salir a la naturaleza a fuerza de pedales, es una maravilla, un goce donde tu espíritu, cuerpo y mente se conectan y comulgan con el camino, te reconectas con tu ser.

Uno de los atractivos que vemos en el ciclismo profesional, es la posibilidad de viajar, de entrada, por toda Europa, y a muchos lugares del mundo. Pero, a menos que vayan a un Training Camp, o que vivan en Niza o Girona y salgan a rodar por los alrededores, parece que se pierden muchas experiencias.

Más de una vez he leído declaraciones de ciclistas profesionales diciendo que no conocen las ciudades que visitan, donde arrancan, por las que pasan o a las que llegan. Muchas veces solo las ven tras las ventanillas de los buses del equipo, como ráfagas a toda velocidad mientras el pelotón las atraviesa o en fotos de las guías de carrera.

Los ciclistas amateurs aún conservamos el tesoro del descubrimiento, no vamos tan a prisa, ni tenemos una línea de meta esperándonos. Podemos disfrutar.

Si hay algo que me encanta del ciclismo, es llegar a los parajes naturales que rodean mi ciudad y aspirar un aire puro, bien ganado con mi esfuerzo, y con hambre de respirar para recuperarme. También es un gozo el paisaje, tomar un café o un refrigerio, compartir con compañeros de grupeta o gozar la soledad. Se puede llegar al mismo lugar en coche, pero el aire no sabe igual, transcurres por la carretera, pero te pierdes de los aromas y los instantes, se va muy a prisa.

Fui a muchos sitios como los que relato arriba, en plan excursionista —lo que ahora se llama trekking— y acampar, de joven. Viajábamos en camiones que llamábamos ‘guajoloteros’, con destino al pueblo más cercano a la vereda, lo gozaba, sobre todo cuando iba a la cumbre de una montaña. Pero cuando descubrí que era posible salir desde la puerta de mi casa en bicicleta y llegar a puertos de montaña, bosques y valles altos, mi cabeza sufrió una revolución, fue lo mío desde entonces.

Luego fue viajar a otras ciudades pedaleando, ya no recuerdo la primera, si Toluca, Cuernavaca,  Yautepec o la cercana Cuautla. Los recuerdos se me agolpan y confunden en el tiempo. Pero, dejé de hacerlo en bici y lo cambié por el coche, cosas de trabajo y familia. Años después, eso sí, lo tengo presente y vívido, volví a ir a Cuautla en bicicleta, una escapada con amigos. Recuperé la misma poderosa sensación, la sorpresa muy placentera de estar en una ciudad distinta gracias a mis piernas, ya no estaba atrapado en la urbe que habito. Luego debí soportar una bronca tremenda de mi esposa, en el teléfono móvil:

—¿Pongo a calentar la comida?

— No, tardo en llegar…

—¿Dónde estás?

—En Cuautla…

—… Ruido de una explosión nuclear.

No le avisé a dónde iba, originalmente llegaríamos solo a La Loma. De regreso, los amigos me entregaron en casa como unos niños que te llevan con tu mamá. Revitalizante, rejuvenecedor, indescriptible, travesura total en la mediana edad.

Mi esposa no me habló las siguientes dos semanas, pero valió la pena. Estaba inflamado de una nueva juventud.

Ahora que veo los videos de los Enbiciados llegando a Oaxaca desde la Ciudad de México (420 kilómetros en dos días), Puerto Escondido, a la orilla del mar, luego de 792 kilómetros cruzando sierras en 62 horas, viajando al Mineral del Chico a 130 kilómetros, Valle de Bravo a 139 Km o a Tetela del Volcán, me inspiran tremendamente. Sé lo que es ir entre ciudades en bicicleta de ruta y eso me hace sentir bien, me dan ganas de hacer un subidón aunque sea a un puerto en la sierra que rodea la ciudad. ¿Sabrán el tesoro que tienen? A lo mejor son menos románticos que yo y se concentran en el reto y el aspecto deportivo. Voy a preguntar, o pedir que comenten el artículo. Al menos veo al Oso Serrano de Enbiciados en el video de Valle de Bravo, alentando a los ciclistas a disfrutar del paisaje mientras sufren en la subida, también lo he visto disfrutar de paisajes y pueblos en otros videos.

Aun en recorridos urbanos, la bicicleta aporta una gran sensación de libertad y demuestra que puedes llegar a donde sea. Dentro de la mancha urbana de la Ciudad de México, he recorrido distancias de 35 kilómetros para ir a un lugar, y otros tantos para regresar. Esos recorridos han sido la oportunidad para romper mi récord de velocidad al repetirlos. Me han dado la convicción de que puedes llegar a cualquier parte sin encerrarte en un auto o el transporte público sufriendo el tráfico y sobre todo, un reto placentero para llegar cansado a casa, a la que aprecias más con cada pedalada.

Hay aventureros que recorren países, continentes y hasta el mundo en bicicleta, pero esa, es otra historia.

Tengo que entrenar.